Vendiendo muñecas en Tepotzotlán

Por Cintia Jiménez Morlán

Templo de San Francisco Javier, en Tepotzotlán. Foto: vivedeviaje.com.mx

Templo de San Francisco Javier, en Tepotzotlán. Foto: vivedeviaje.com.mx

Son las 10 de la mañana y Tepotzotlán ya se encuentra despierto. Los restaurantes que se encuentran alrededor del centro ya están abiertos desde horas antes, y en el jardín municipal, los vendedores ubicados ahora en pequeñas carpas del mismo color verde, terminan de acomodar su mercancía. Poca es la gente que pasa a esa hora por el centro: es viernes y muchos trabajan o se encuentran en la escuela.

En la calle peatonal que comunica al Mercado Municipal con el atrio de la Parroquia de San Pedro Apóstol y la entrada del Museo Nacional del Virreinato, frente al restaurante Los Virreyes, una anciana se arrodilla penosamente junto a un par de bolsos, uno verde y uno gris. Ayudándose de la barandilla de metal, se acomoda en el piso y con movimientos lentos saca una tela color azul y la dobla cuidadosamente antes de colocarla junto a ella.

Cuando termina, del bolso gris saca ocho muñecas pequeñas y las acomoda en dos filas sobre la tela azul. Cuando termina, saca tres muñecas más grandes, colocándolas detrás de las otras ocho. Finalmente de su bolso saca unas carpetas bordadas, las desdobla y las acomoda de manera que se pueda ver la que se encuentra arriba. Al tener todo acomodado, la señora saca una bolsa de plástico transparente, en la que se alcanza a ver un vaso de unicel.

Gabriela Vázquez (Gaby) es originaria del municipio de Amealco de Bonfil, en el estado de Querétaro. De Amealco toma un camión que la lleva a Tepeji del Río (aproximadamente una hora y media de camino) y ahí otro que vaya al Distrito Federal para bajarse en Tepotzotlán (media hora después) o Cuautitlán Izcalli (cuarenta minutos después), dependiendo de a donde vaya. Todas las semanas repite su recorrido, con sus destinos fijados: los lunes va a Izcalli, los martes a Cuautitlán, los miércoles y jueves regresa a Izcalli, y de viernes a domingo va a Tepotzotlán.

Tiene 80 años. No fue a la escuela, no sabe leer ni escribir. Lo único que sabe hacer es coser y bordar, y de ello ha vivido toda su vida. Mientras espera a que alguien se acerque a comprar sus muñecas o sus bordados, se toma el contenido del vaso de unicel: un atole champurrado, y come un bolillo que saca de su misma bolsa verde. Es el desayuno de ese día.

Doña Gaby tiene una sonrisa sin dientes, su piel es morena y el rostro lo tiene lleno de arrugas; el cabello, largo y cano, lo lleva trenzado. Sobre su cabeza, un sombrero la ayuda a protegerse del Sol. Sus ojos, pese a todo, no lucen tristes, aunque se ven nublados, y es evidente que no ve bien. Habla en voz baja, se ríe cada dos por tres, mantiene el rostro gacho, la mirada fija en sus manos o en la tela que corta con cuidado con unas tijeras afiladas.

Es viernes y aún no es medio día, uno que otro turista camina por el centro de Tepotzotlán, con cámaras en mano. Doña Gaby se quita el rebozo y lo dobla cuidadosamente. Lo cuelga en el barandal en el que ha permanecido ya un par de horas recargada, para protegerse del Sol con su sombra. El sombrero que lleva también la protege.

Doña Gaby. Foto: CULTURBAL

Doña Gaby. Foto: CULTURBAL

La gente va y viene, una mujer se acerca un poco para ver las muñecas que vende doña Gaby, y sólo pregunta el precio. Las chicas cuestan veinte pesos, las grandes veinticinco. Las carpetas bordadas son a treinta pesos.

—¿Cuáles vende más? ¿Las muñecas chicas o las grandes?

—Las chiquitas, pero esas las compro ya hechas, no las hago yo.

—¿Las grandes las hace usted?

—Sí, yo las hago.

—¿A qué edad aprendió a bordar? ¿Quién le enseñó?

—Desde niña, yo me aprendí sola, nomás viendo. Mi mamá bordaba y yo me aprendí viéndola.

—¿Usted borda todo esto?

—No, ya no veo, mis ojos ya no ven. Lo compro con mi dinero, allá en Amealco, y vendo.

Las horas pasan, la gente sigue caminando y a veces voltea la mirada, sin prestar atención a lo que les rodea. Son las tres de la tarde, y comienza a pasar más gente: los alumnos que salen de la escuela, la gente que sale del trabajo a comer. Los restaurantes cercanos comienzan a llenarse de gente, los músicos tocan sus instrumentos: banda, mariachi, jaranas.

Doña Gaby permanece ignorante de lo que pasa a su alrededor, sólo levanta el rostro cuando siente que alguien se acerca a ella. Toma sus retazos de tela y hace un rollo de unos treinta centímetros de largo, usa un estambre rosa para amarrarlo fuertemente. Al terminar, toma un trozo de manta y lo enrolla para hacer otro, ahora delgado, y lo amarra también.

Al grande le coloca un cuadro de tela de manta después de la mitad y lo envuelve con ella, apretando tan fuerte como le dan sus manos; hace lo mismo con otro trozo de tela, ahora color rosa. Lo acomoda y entonces busca el estambre color negro en su bolso gris. Lo saca y comienza a enredarlo alrededor de la tela rosa, empezando por la mitad de ésta: es el cabello de la muñeca. Cuando termina, le hace un doblez al rollo y con el mismo estambre del cabello, amarra la cabeza de la muñeca. Después le pone los brazos y al terminar, deja el cuerpo de su muñeca en el piso.

No tarda ni 10 minutos en hacer eso. En un día hace varias muñecas (sus cuerpos, la cabeza y las manos), y las guarda en el bolso verde.

—¿Quién termina de bordar las caritas de las muñecas?

—M’ija que vive conmigo. Ella hace las caritas, yo hago las manos, el cuerpo, la cabeza, el cabello y la ropa.

Muñecas. Foto: CULTURBAL

Muñecas. Foto: CULTURBAL

Doña Gaby es viuda desde hace 25 años, sólo tuvo tres hijos y uno de ellos murió, cuando era joven. De las dos hijas que aún están vivas, sólo una se preocupa por ella, es con la que vive.

“Cuando estoy en mi casa hay veces en las que quiero un refresco o una fruta, voy a darle dinero a mi hija para que me lo traiga. Cuando me voy me tiende mi cama”, dice en voz baja. La otra hija, aunque vive muy cerca, no la visita ni se preocupa por su madre.

El sol quema y Doña Gaby se acomoda mejor en el duro suelo. No todos los días está de rodillas, tiene un banquito, de los que se doblan, pero justamente ese día lo olvidó en casa, así que permanece arrodillada y va cambiando de posición poco a poco. Una muchacha alta y delgada, de piel blanca, se acerca a ella y con un acento que no es mexicano pregunta el precio de las muñecas. Doña Gaby responde y la muchacha compra una de las muñecas pequeñas, las de veinte pesos.

Son las 15:00 horas y el momento tranquilo da paso al bullicio cuando un grupo de muchachos de secundaria llegan al centro del municipio. Son alumnos de la secundaria número 10 “Leopoldo Ayala”, de Mixcoac, que están de excursión en Tepotzotlán. Ellos tampoco se acercan a doña Gaby, sólo charlan y gritan y se quejan porque hace media hora que los camiones debieron regresar por ellos, y están aburridos y hambrientos.

La gente que trabaja en el municipio no le dice nada por salir a vender sus cosas. Un señor de la presidencia sólo sale a decirle que no venda afuera de la presidencia, ni en las esquinas cercanas.

—Me dice: vete para allá a vender.

Hay veces que no la dejan vender en Cuautitlán.

—Dejan más aquí, pero nomás que la gente casi no compra nada. Pasa y pasa y no compra, y yo me canso de estar sentada y nada. Nomás vienen y preguntan cuánto cuestan, y me dicen: “deje voy a comer y ahorita paso”, pero no vuelven. Quién sabe para dónde pasan porque conmigo no regresan.

A veces vende, a veces no vende. Mucha gente ya no le compra sus muñecas, no les interesan. Pasan de un lado al otro y ni siquiera la voltean a ver, la ignoran como si formara parte del pavimento más que ser una persona. “Pasan nomás como esa señora”, dice señalando a una mujer que camina y al escuchar que se habla de ella, voltea. Doña Gaby se ríe avergonzada. “Ya la gente no quiere comprar muñecas”.

Sumida en silencio, hace su trabajo: dobla y dobla tela, la amarra con su estambre (el rosa o el verde), corta retazos de tela para seguir trabajando. Su bolso gris está lleno de todo lo necesario: hilo, agujas, la tela que no debe faltar. El dinero lo esconde muy bien entre su ropa.

A las 17:30 horas, antes de que el Sol se meta, guarda todo en sus bolsas. Se levanta con el mismo trabajo con el que se sentó, estira sus piernas ya engarrotadas y con una expresión de dolor, se endereza lo más que puede. Se envuelve en el rebozo, levanta sus cosas y camina hasta el kiosco de la Plaza Virreinal, en donde su comadre la espera. El día siguiente será igual, y el que le sigue también. Doña Gaby seguirá haciendo y vendiendo muñecas. Quién sabe, quizá mañana alguien le compre.

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