La noche de las luciérnagas

Por Erick Morales Romero

Ese sábado desde muy temprano escapamos de nuestra cotidianidad y visitamos la Marquesa. Necesitábamos pasar tiempo juntos, sin hablar del trabajo y las responsabilidades domésticas. Además, la pequeña Ana Michelle insistía en tener un día de campo, pues hacía mucho tiempo que no salíamos ni al parque.

Pasamos un día inolvidable, nos divertimos como nunca. Rentamos una cabaña porque el plan era estar todo el fin de semana ahí. Mi esposa terminó fatigada, y preparaba agua caliente para bañarse con nuestra hija. Pero ella no tenía los mismos designios, ya que me pidió que le hiciera un sándwich de cajeta. Me asomé por la ventana, la puesta de sol era maravillosa.

Ana Michelle se rió con esa clase de ternura que deshace a cualquier persona. La observé. Había derramado algunas gotas de cajeta sobre su suéter y un diminuto insecto trataba de devorarlas ávidamente. Me preguntó:

–¿Papá, cómo se llama mi nuevo amigo?

–Es una luciérnaga –le respondí.

Quedó maravillada. Pronto se acercaron otras tres luciérnagas y también degustaban el dulce sabor de la cajeta. Busqué a mi esposa para que mirara la escena protagonizada por nuestra hija, pero ya estaba más que dormida sobre la cama.

Volví a mirar la puesta de sol, había pintado todo el ambiente de un suave color rojo. Entonces sentí un impulso inesperado y le pregunté a mi pequeña:

–¿Quieres salir a mirar las primeras estrellas de la noche?

Asintió con un movimiento de cabeza. Entonces salimos de la mano, atrás de ella sus cuatro nuevas amigas, que aún tenían un poco de hambre. En ese momento, los últimos rayos de sol me permitieron observar que nuestra cabaña era la única alrededor. La naturaleza nos abrazaba con su inmensa belleza.

Caminamos hacía un lugar donde no había muchos árboles. Ana Michelle y yo nos acostamos en el pasto con la mirada hacia el cielo. La primera estrella apareció. La recuerdo porque al mismo tiempo mi pequeña dijo algo que me mató de risa:

–Papá, las luciérnagas me han dicho sus nombres.

–¿Enserio? ¿Y cómo se llaman? –le dije para seguir el juego.

–Se llaman John, Paul, George y Ringo –contestó.

–¡Fantástico! –respondí mientras veía nacer la segunda estrella de la noche.

Su imaginación me causó tanta felicidad que cerré los ojos con la intención de recordar por qué mi esposa y yo elegimos el nombre de Ana Michelle para nuestra hija. Y en realidad es bastante sencillo de explicar: por dos canciones de los Beatles de igual nombre. La favorita de mi mujer es “Michelle” porque la canta Paul; mi preferida es “Ana” porque la interpreta John.

Mi cuerpo se sentía cada vez más ligero. Las dos piezas musicales sonaban en mi mente. Era un grado máximo de alegría. Poco a poco la música se escuchaba cada vez más lejos, hasta que desapareció… Me quedé dormido.

Desperté de un solo golpe. Un segundo de lucidez me recordó que mi pequeña estaba a un lado. Sin embargo cuando volteé no la vi. Abrí mis ojos lo más que pude y comprobé que había desaparecido. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Me levanté de inmediato. La busqué con la mirada. El sol se había ocultado por completo y la oscuridad no me permitía ver nada.

Grité su nombre: “¡Ana Michelle! ¡Ana Michelle!”, pero no había respuesta. “¿Dónde estás, Ana Michelle?”, insistí varias veces. Caminaba sin rumbo. La desesperación bloqueó mis sentidos. No veía nada, todo era oscuro; mis oídos sólo escuchaban los latidos acelerados de mi corazón. Tenía ganas de llorar y lo hice. Las lágrimas recorrían mi rostro.

No podía pensar. En mi cabeza se revolvían varias preguntas: “¿Dónde la busco?, ¿Estará asustada mi pequeña?, ¿Se encontrará bien?, ¿Qué le diré a mi esposa?”. El miedo trepaba por mi espalda y sentía que cargaba una losa muy pesada sobre mis hombros. “¡Tiene cuatro años, maldita sea!, ¡¿Cómo pude ser tan descuidado?!”, me repetía una y otra vez.

Miré las estrellas. La luna no proporcionaba luz suficiente. No podía respirar. Mis lágrimas caían incesantemente. “¡Ana Michelle, mi pequeña, ¿Dónde estás?!”, gritaba con todas mis fuerzas. La oscuridad me asfixiaba de una forma cruel.

Ilustración: Monserrat Segura

Ilustración: Monserrat Segura

A la distancia, vi unas luces intermitentes. Corrí hacia ellas instintivamente. Llegué a una velocidad inaudita. Era Ana Michelle. Ahí estaba. La abracé con toda la energía de mis brazos. La llené de besos. Le dije lo mucho que la amo. Ella acarició mi rostro y con una delicadeza etérea secó mis lágrimas, y me dijo:

–Papá, no llores; John, Paul, George y Ringo se convirtieron en estrellas.

Y las cuatro luciérnagas aún comían las gotas de cajeta.

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