Mi cafetería embrujada

Por Eloísa Santana Salas

Cuando uno está lejos de casa extraña muchas cosas. Para algunos es importante la familia y si no la tienen a su lado, sienten vacía la mitad del alma, yo era distinta, acepto que me hacía falta la voz de mamá pero lo que más extrañaba era el pan.

Mi vida era un ir y venir por muchas partes del mundo, mi trabajo consistía en ser guía de turistas, aprendí a estar del otro lado de mi hogar pero a lo que jamás pude acostumbrarme fue a la comida de otros lugares, no tenían esa calidez, ese sabor, ni la combinación de los ingredientes de mi Alemania.

Entre todos los países que conocí por mi trabajo, me gustó sólo uno para vivir: México. Debo confesar que entre Alemania y México hay una diferencia de la luna al sol, cuando me mudé no entendía el mundo, ni sabía si la sonrisa de la otra persona significaba sonrisa o no –desconfiaba– pero eso sí, llegué con una intensión: hacer una panadería.

Foto: CULTURBAL

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La variedad de panes en Alemania va desde la proporción hasta los ingredientes, mi favorito era el de centeno y como en muchos talleres de pan de mi país no sólo hacen las piezas sino que las venden en su propia cafetería; terminé con la idea de hacer también una.

Primero conseguí un lugar, hallé uno muy recóndito, entre las faldas de dos cerros, en un pueblo mágico del Estado de México. Con una bella plaza, un kiosco en el que uno puede sentarse con tranquilidad o caminar sin preocupaciones hasta que el sol termine de brillar. Me costó varios años conseguir el permiso de migración para vivir y trabajar aquí.

En ese tiempo volví a Alemania, trabajé allá y ahorré lo suficiente para mi regreso a México, Ángel, un amigo alemán, poco antes de mi partida me dijo: “¿tú crees que podrás tener una cafetería en México?”

“No lo he dudado hasta ahora. Sí puedo”, le contesté muy segura.

“Allá comen enchiladas, chilaquiles, tacos y quién sabe qué tanta cosa. Tú piensas llegar con tus ensaladas, ¿acaso crees que los mexicanos son conejos?” replicó Ángel.

“Si no crees en mí, no lo hagas”, le dije.

Entonces hice una mudanza enorme, con un contenedor grande y uno mediano. Empaqué todo lo que tenía, incluyendo mis muñecas de la infancia, y me vine aquí.

Foto: CULTURBAL

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Mandé a construir un establecimiento con tres plantas, la de abajo estaba destinada a la panadería, pero el dinero no fue eterno y un día se acabó, con lo poco que me quedaba, desistí de esa idea y me puse a preparar el lugar para mi cafetería.

Cosí cada cortina, pinté el establecimiento, coloqué todos los accesorios, escogí los muebles, lámparas, juegos de cubiertos. La cocina la instalé a mi antojo, los baños los mandé a poner como a mí se me ocurrió. Era el comienzo de la vida que planeé. Elegí el menú, inventé un concepto.

Foto: CULTURBAL

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En mi infancia me gustaba el cuento de Hansel y Gretel: en él los niños llegan a una casa que está hecha de pan en donde vive una bruja, empiezan a comer y todo parece muy rico, algunos dirán que soy idealista pero me convencí de que así sería mi cafetería.

Claro que no de pan, pero sí con un menú muy rico y lo más importante: que en cualquier época del año sería día de brujas: habría arañas, escobas, castillos embrujados y toda mi colección de brujitas que hice desde pequeña.

Foto: CULTURBAL

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También me puse a experimentar con el menú, hice ensaladas llenas de lechuga, algunas con frutos en almíbar, el pollo cocinado con recetas de mi país, bebidas hechas aquí, hasta un poco de cerveza alemana se me ocurrió vender. También incluí las brujaburgers y muchas cosas ricas.

Foto: CULTURBAL

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Dos mujeres empezaron a trabajar conmigo. Cuando comencé las vi como mi familia, como llegué sola y no tenía contacto con nadie, ellas fueron las únicas con las que convivía, con el tiempo hice amigos pero al principio las empleadas fueron completamente parte de mi vida.Todas trabajando en equipo, yo les enseñaba las recetas, mi vida se trasladó a la cocina.

Pero faltaba algo muy importante: los clientes. No llegó nadie durante meses, la cafetería estaba tan alejada que nadie se acercaba por ahí. Yo había invertido todo lo que tenía y aunque abría puntualmente el establecimiento nadie iba. Sería acaso que Ángel tenía razón. No desistí y al finalizar el año, mis primeros clientes llegaron.

Llevó nueve años con mi cafetería embrujada. Siempre son los mismos clientes, creo que se sienten como en su hogar, todos nos conocemos, de pronto llegan y a veces se van a las once en punto, cuando cerramos. Puede que esto parezca de ensueño, pero Alemania me enseñó a poner reglas y una de ellas es que aquí todos convivimos.

Foto: CULTURBAL

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Nadie es cliente de paso, todas las personas que vienen aquí me conocen. Me he propuesto que mis comensales no sean unos entre muchos, quiero que vengan a comer como en casa. Yo me siento así, este es mi espacio, es mi lugar.

A veces pienso que si alguien hace pública la ubicación, el encanto de mi cafetería embrujada se acabará, pues llegarán tantos desconocidos que no tendré tiempo de hacer amigos.

Hace poco vino Ángel a visitarme y me dijo: “Estás loca, cómo puedes poner tantas cosas como decoración, en unos meses ya no tendrás nada”.

“Tengo todo, no se llevan las cosas. Hay reglas y quienes vienen a comer aquí saben de qué se trata esto”, contesté.

No sé si Ángel puede entenderlo, no sé si alguien me crea, pero mi cafetería que está llena de brujitas por todos los rincones sabe que todo esto significa sólo algo: mi felicidad.

Foto: CULTURBAL

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