Gustavo, Sepulturero del Panteón Civil de Dolores

Por Elizabeth Meza

Escultura de Cristo sobre tumba en el Panteón Civil de Dolores

Escultura de Cristo sobre tumba en el Panteón Civil de Dolores

Ese día, Gustavo Álvarez se levantó a las seis de mañana, almorzó y emprendió su camino hacia el Panteón Civil de Dolores, el primer cementerio del Distrito Federal y el más grande de América Latina, que arraiga las tumbas de 110 personalidades del arte, la literatura, la política y el ejército. Su suegro le pidió ayuda en el colado de unas tumbas, llegó al cementerio y comenzó a realizar la labor encomendada, no le costó trabajo, contaba con experiencia en albañilería. Tiempo después su suegro dejó el trabajo por problemas con los jefes y Gustavo retomó su lugar en el panteón.

Diario llegaba antes de que saliera el sol, bajaba sus botes de los árboles, donde los había guardado la noche anterior y de forma ordenada limpiaba las tumbas en un orden preciso.

En ocasiones le impresionaba la dedicación que su amigo Rafael Ramírez implementaba al exhumar los cuerpos, aunque observaba de lejos, Ramírez siempre se percataba que lo veía con dedicación. Ese día lo invito a conocer su trabajo y enseñarle lo aprendido durante años.

“Vamos a la administración a ver dónde nos asignaron esta vez“, dijo Ramírez, “primero hay que ver si la tumba ya tiene sepultura, si todavía permanecen allí los restos, hay que preguntar cuando ocurrió la última inhumación, si tiene menos de siete años no podemos enterrar a nadie, se tiene que buscar otro lugar, si ya tiene más años se exhuman los cuerpos”.

Los dos amigos prosiguieron a quitar la vieja estructura de la tumba. Este era uno de los casos del reciclaje de fosa, los cuerpos exhumados serían llevados a la fosa común. Comenzaron a excavar, la pala chocó con la caja de madera, -indicio de la llegada al primer cuerpo-, Gustavo comenzó a sentir un escalofrío por su cuerpo, nunca antes había sido parte de un acto así, su estómago empezó a causar molestias, el hambre lo invadía.

Entre ambos sacaron el ataúd ya carcomido, con cada movimiento la caja tronaba tenebrosamente, -los pies le temblaban al principiante- abrieron la caja y como era de esperarse allí se encontraba el cuerpo, Gustavo presenciaba un remolino de sanciones, no resistió su curiosidad, se asomó a ver el cuerpo, se encontraba entero, el cadáver de una anciana, su cráneo tenía la misma posición que cuando fue enterrada, las articulaciones eran fáciles de distinguir, nueve años lograron descomponer su cuerpo, los huesos eran de color blanco, casi cristalino, cubiertos con una capa de tierra, el cabello era la única pieza que permanecía intacta, una belleza innata ante los ojos.

Imagen de la Virgen en cripta del Panteón Civil de Dolores

Imagen de la Virgen en cripta del Panteón Civil de Dolores

Con un poco de temor tomaron los huesos uno a uno, primero una pierna, luego un brazo y así sucesivamente los llevaron a un costal que colocaron en el piso y el ataúd lo mandaron al otro extremo de la fosa para continuar escarbando.¹

De la nada un fuerte olor comenzó a emanar.

“Ponte el tapabocas, este cuerpo todavía está en descomposición”.

“¿Cómo?, ¿es posible? Si el anterior tiene menos años y sólo son puros huesitos”, exclamó Gustavo.

“En ocasiones suele pasar esto, según la leyenda escrita en la tumba, este cuerpo fue inhumado hace 14 años, tal vez está en una caja de metal, esas tardan en descomponer el cuerpo, son como un refrigerador que lo mantienen en buen estado. Además los gusanos salen los primeros días, si no se comen toda la carnita, es muy difícil que vuelvan a salir”.²

El olor era insoportable, provocaba náuseas, era esencial cubrirse la boca. Efectivamente el ataúd era de metal, apachurrado y chueco, contenía el cuerpo en descomposición, aún con materia (carne), la corbata permanecía perfectamente hecha, se observaba el caminar de los gusanos que eran como arrocitos que recorrían el cuerpo de arriba abajo.

No se podía hacer mucho, debían actuar rápidamente. Sin pensarlo tomaron los trozos de cuerpo, que al desprenderlos resbalaba la carne, los guardaron en el otro costal que cerraron fuertemente y lo trasladaron a la fosa común, con la esperanza de su rápida descomposición.

Ya era tarde, el hambre los invadía. Fueron con doña Julia, afuera del panteón, a comer tacos de guisado. Rafael volteó a ver sus manos y luego las de su amigo, ambas mostraban un color café y las uñas estaban manchadas. No dijo nada hasta que terminaron de comer, hasta entonces le confesó a su amigo que después de exhumar el cuerpo no se lavaron y con las manos aun con residuos de carne, tomaron los tacos y se los llevaron a la boca.

Cripta del Panteón Civil de Dolores. Foto: Elizabeth Meza

Cripta del Panteón Civil de Dolores. Foto: Elizabeth Meza

Después de ese acontecimiento la forma en que Gustavo veía la muerte cambió radicalmente, ya no lo impresionaba ver cuerpos. Antes de llegar al panteón no tenía idea de la cantidad de gente que fallece a diario, simplemente mencionar la palabra “muerte” le causaba escalofrío y temor, ahora que ve difuntos a diario se le hace muy normal.

“De lo único que estamos seguros en la vida es de la muerte, a todos nos toca”, afirmó.

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¹Entrevista a sepulturero del Panteón Civil de Dolores Rafael Ramírez, historia verídica

²Entrevista a sepulturero del Panteón Civil de Dolores Rafael Ramírez y francisco (reservó sus apellidos), historia verídica

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