La sonrisa de Lidia

Por Eloísa Santana Salas

Desde que Lidia se había obsesionado con la idea de plantar floripondios por todos los rincones de la casa, porque creía que éstos la llenarían de alegría, su marido no lograba contradecirla y todas las tardes cuando el sol se cansaba de alumbrar, ellos se sentaban en el pasillo a saborear los olores que las flores emanaban y para la noche la casa era un sopor de dulces tufos.

Ellos eran un matrimonio que vivía en un pueblecito: el Cerro del Coyote. La vida ahí era casi tranquila salvo por los vecinos que eran lo bastante entrometidos y se sabían la vida de uno de atrás para adelante; por otra parte, el centro del pueblo tenía lo necesario: un palacio Municipal, el mercadito, un banco y la plaza con un empedrado que acababa de colocar el nuevo mandatario.

Lidia siempre vivió ahí y conoció a Nicolás una tarde de carnaval. Ella tenía la sonrisa pura y tan hermosa que apenas curveaban sus labios, parecía que reía una santa; todos en el pueblo la identificaban por eso, además cargaba con una belleza de color moreno que ajustaba con su cabello chocolate. No pasó mucho tiempo cuando ellos se fueron a vivir juntos.

—¿Recuerdas la tarde de carnaval?— preguntó Lidia a su marido, después de ponerse a contemplar el cielo rosado que cambiaba hasta de color el ambiente, como un efecto de película.

Nicolás asintió con la cabeza y respiró profundo, las campanillas de floripondio se agitaban y desplegaban su aroma.

Lidia se puso de pie dirigiéndose a la cocina para preparar la cena. Todo a la misma hora y las mismas cosas cada día. Eran las seis treinta, cuando un canto de aves sonorizó la casa, más de 100 se posaban en las ramas de uno de los pinos que estaban en el patio. Lidia las observó; esa noche no hubo cena, pues se quedó a contemplarlas y una brisa de tranquilidad invadió su cuerpo.

Lidia contemplando, dibujo a carboncillo y colores, por Oscar Molina Santana

Lidia contemplando, dibujo a carboncillo y colores, por Oscar Molina Santana

Una mañana, Lidia se tardó en el desayuno, no había salido siquiera de la habitación. Nicolás se preocupó, después de una hora de espera, entró al cuarto y encontró a su mujer con un vestido rojo carmín que le llegaba hasta los tobillos pero que tenía una abertura de lado izquierdo en donde se asomaban sus muslos bien formados a pesar de sus 45 años.

Su rostro tenía un rubor incandescente que no se le veía desde la juventud, su marido recordó entonces cuán bella era Lidia, cuánto la quería y admiró su juventud eterna que se había escondido en las ropas que solía usar. Sintió ganas de abrazarla, sin decir nada, caminó hacia ella, le rodeó la cintura y permaneció amalgamado quién sabe cuánto tiempo hasta que ella le soltó un beso en la nuca.

Tres meses de paz vinieron a su casa. Una vida de matrimonio rutinario que se consolaba con los recuerdos de un amor perfecto. La cansada vida de Lidia la había llevado a perder la sonrisa y con ello la felicidad. Un día los pájaros de cabeza roja, como los llamaba ella, se fueron, se llevaron consigo un alboroto de cantos; entonces volvió el silencio.

Entrada la primavera los días habían sido extraños, estaba nublado y el frío congelaba las noches. Su casa era pequeña, lo suficiente como para conservar el calor que tanto se necesita en momentos como esos, pero inaguantable cuando los rayos de sol pegaban directo y ni con la ventana abierta dejaba de emanar por todos los rincones. Por esos días fue imposible despedir al sol desde el pasillo.

En las mañanas de la reciente primavera, se antojaba un café caliente, y precisamente es lo que ella hacía. El martes, como de costumbre ella se levantó, con la pijama que correspondía al día de la semana, de colores morados, con un blusón que cubría sus caderas y un pantalón ancho que parecía no quedarle.

Fue a la cocina, su cara parecía alojar buena cantidad de tristeza, caminando con la cabeza gacha y los ojos medio abiertos, tomó una taza, se dirigió a la tetera de colores amarillentos que había heredado de su madre; se sirvió hasta la mitad del recipiente y se incorporó a la mesa.

Lidia había enflacado, conservaba su tez delicada y restos de la sonrisa encantadora, morena como siempre, guardaba su largo cabello lacio que no combinaba para nada con las pestañas curveadas que adornaban su mirada triste.

Tomó la taza y antes de sorber su café, escuchó varios aleteos. Se levantó en seco y dirigió su mirada hacía la ventana, su cara cambió, era como si le hubieran destellado luces de alegría. Dejó la taza y corrió a mirar si era verdad lo que estaba escuchando. Al salir al patio miró hacía el pino que se encontraba frente a la ventana de la cocina.

Vaya sorpresa, encogió los hombros y se le salió una sonrisilla pura y contagiosa. Un montón de pájaros volaban alrededor suyo, se colaban entre las ramas del pino y volvían a salir extendiendo sus alas. Su canto no cesaba.

Lidia entró a la casa corriendo, fue en busca de su marido quien aún permanecía en la cama y le gritó:

—Levántate, los pájaros de cabeza roja están afuera.

—Mujer, no pueden ser ellos, hace más de un año que se fueron, acaso crees que volverían aquí, quizá sea una parvada de aves de paso— contestó Nicolás sobresaltado.

Sin embargo, para no discutir y quién sabe por qué otra razón, su marido se puso de pie y caminó detrás de ella hasta la mitad del patio. En efecto, los ojos de Nicolás comprobaron que los pájaros de cabeza roja habían vuelto.

Un ave pasó rosándole el cabello a ella, una melodía bella y sincronizada se paseaba por los oídos de los dos. El rostro taciturno de Lidia cambió por completo, como si la felicidad le hubiera llegado volando y se carcajeó.

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