Alley Cat

Por Erick Morales Romero

No puedo creer que a mis nueve años ya conozca el amargo sabor del desamor. Claudia jamás volverá a dirigirme la palabra y eso me entristece por completo. Lo he decidido: durante los próximos quince días permaneceré encerrado en mi casa. ¡Qué mala suerte la mía!

Todo inició hace cuatro semanas. Concluimos el ciclo escolar y nos dejamos consentir por las vacaciones. Enfrente teníamos mes y medio de descanso; sin levantarnos temprano ni tarea de matemáticas. Mis amigos y yo nos reuníamos desde temprano en un terreno baldío, que está en nuestra calle, para jugar futbol.

El sol de las tres de la tarde era inclemente, la temperatura rondaba los 28 grados centígrados. Sin embargo, era mi hora favorita del día por una razón muy importante: llegaba el camión de los helados con su clásica melodía que atraía a todos los niños y niñas de la cuadra; entre ellas Claudia, que llegaba siempre acompañada de su amiga Rosa.

¿Por qué las niñas en todo momento están acompañados por una amiga que no las deja ni un solo minuto? Esta duda no la pudo contestar mi papá, a quien se la pregunté desesperadamente. Lo que sí me reveló fue el nombre de la canción que sonaba en las viejas y mal ecualizadas bocinas del camión de los helados.

Todos los días, cuando se escuchaba Alley Cat, corría rápidamente a buscar el camión y así poder ver cómo se acercaba Claudia, con su sonrisa tan linda. No me atrevía a hablarle porque me daba pena que estuviera presente su amiga Rosa; no sé por qué, pero no me daba confianza.

El itinerario era el mismo: al medio día salíamos a jugar; a las tres de la tarde se escuchaba Alley Cat y yo corría en busca del camión de los helados; era el primero en llegar a él y miraba de qué forma se aproximaba Claudia con su amiga; yo pedía mi helado de chocolate; ellas pedían el suyo de nuez; cinco minutos después, cuando ya se aglomeraban alrededor de 25 niños, se marchaban y yo observaba cómo se alejaban poco a poco.

Así pasó un mes entero hasta el pasado viernes. Ese día mi amigo Jorge me ayudó a llevar a cabo un plan que estudiábamos desde una semana antes. Nada podía salir mal. Y esto fue lo que pasó:

A las tres de la tarde en punto escuchamos Alley Cat y corrimos hacía el camión. Fuimos los primeros en llegar y pedimos dos helados de chocolate y dos de nuez. El vendedor nos dijo que el helado de nuez se había terminado. Para que el plan funcionara, teníamos que pensar rápido. Yo entré en pánico. Jorge reaccionó y pidió dos de fresa. Asentí con la cabeza, pues pensé que el sabor no tenía importancia.

Acababan de darnos los helados, cuando notamos que Claudia y Rosa ya estaban a unos cuantos pasos de nosotros. Jorge me dijo “buena suerte” y no lo pensó dos veces. Se comportó a la altura de las circunstancias; es un valiente. Interceptó a Rosa. Ésta se sorprendió y yo aproveché para acercarme a Claudia.

Yo llevaba un helado en cada mano, uno de chocolate para mí y el otro de fresa para ella. Me encontraba tan nervioso que ya ni me acuerdo qué le dije. Mas a los pocos minutos ya nos encontrábamos sentados en la banqueta de la calle. Platicamos y terminamos nuestros helados con toda naturalidad.

De repente, noté que a Claudia le comenzaron a salir unos granitos en el rostro y ella se comenzaba a rascar inconteniblemente. De inmediato se le comenzó a hinchar la cara. Al ver mi expresión de desconcierto y que Rosa llegó asustada y le preguntó qué le pasaba, corrió hacia su casa sin decir adiós.

Ilustración: Monserrat Segura

Ilustración: Monserrat Segura

Dos horas más tarde me armé de valor y fui a ver qué había sucedido. Salió su mamá y me explicó que Claudia era alérgica a las fresas, pero que por alguna extraña razón ella lo había olvidado. Le pregunté que si podía verla y me contestó que no era buena idea, pues su hija estaba muy enojada y no quería ver a nadie.

¡Qué mala suerte! De los 18 distintos sabores, Jorge tenía que escoger precisamente ese. No sé si Claudia me perdonará algún día. De lo que sí estoy seguro es que nunca me volveré a enamorar.

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