Una joven científica mexicana en Noruega y sus babosas marinas

La biodiversidad del planeta está calculada en más de 10 millones de especies conocidas, de las cuales el 97% corresponden a invertebrados –animales sin esqueleto– y de ellas, aproximadamente 100 mil son especies de moluscos, explica vía Internet desde Noruega la científica mexicana Andrea Zamora Silva.

Por su posición geográfica y riqueza de ecosistemas, México tiene alrededor del 10% de la diversidad global de especies de moluscos y cerca de mil 500 especies de babosas marinas. Por esta razón, México tiene la obligación de invertir recursos en la formación de científicos y fomentar investigaciones para el conocimiento de la biodiversidad marina, tal como se hace en muchos otros países en el mundo.

Mientras estudiaba la carrera de Biología en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Zamora Silva visitó en repetidas ocasiones diversos arrecifes veracruzanos, donde encontró por primera vez una babosa marina. Para ese entonces ella cursaba el cuarto semestre de la carrera y decidió incursionar en la Malacología, la disciplina científica que se encarga del estudio de moluscos y babosas marinas. Su tesis de licenciatura aborda una parte de la enorme diversidad de los Opisthobranquios –nombre científico de las babosas marinas– misma que ganó distinciones nacionales y es ahora una fuente de consulta obligada para los estudiosos de la Malacología marina en las costas veracruzanas.

La Maestra Andrea Zamora Silva trabajando en el Museo de Historia Natural de Tsukuba, Japón "con mi microscopio observando babositas"

La Maestra Andrea Zamora Silva trabajando en el Museo de Historia Natural de Tsukuba, Japón “con mi microscopio observando babositas”. Foto: Cortesía de Andrea Zamora Silva

Una vez terminada la Maestría en Ciencias con una tesis sobre la Taxonomía (disciplina científica que nombra y clasifica a los seres vivos) de babosas marinas en el Instituto de Biología de la UNAM, Andrea fue becada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para estudiar un doctorado sobre la evolución y relaciones genealógicas (Filogenia) de las babosas marinas y su relación con los cambios tectónicos terrestres, en la Universidad de Bergen, Noruega, pero esta vez su estudio tiene escalas y consecuencias globales.

la babosa verde y grande se llama Aglaja orientalis

La babosa verde y grande se llama Aglaja orientalis. Foto: Cortesía de Andrea Zamora Silva

Andrea ha recolectado babosas marinas en litorales de California, México, Costa Rica, El Salvador, Chile, Islas Canarias, Noruega, el Mar Rojo, Tailandia y Okinawa, para extraer una pequeña muestra de tus tejidos y obtener su ADN, que es utilizado en su proyecto de doctorado para sus análisis evolutivos.

El estudio científico de especies marinas puede convertirse en la base de la ciencia aplicada y por ende en avances tecnológicos, pues especies como las babosas marinas pueden ser una fuente natural de potentes analgésicos o antibióticos, una mina de oro por explorar para las compañías farmacéuticas.

Las babosas naranjas se llaman Haminoea ovalis. Las colectó ella perosnalmente, buceando en Okinawa cuando estuvo por allá haciendo una estancia en el Japón. Foto: Cortesía de Andrea Zamora Silva

Las babosas naranjas se llaman Haminoea ovalis. Las colectó ella personalmente, buceando en Okinawa cuando estuvo por allá haciendo una estancia en el Japón. Foto: Cortesía de Andrea Zamora Silva

En el caso particular de México, la experta Andrea Zamora comenta que hacen falta especialistas en diversas áreas de investigación, pero además es necesario el fomento de fuentes de empleo permanentes con sueldos y recursos dignos para los jóvenes investigadores que se encuentran estudiando posgrados en universidades nacionales y extranjeras.

Si bien la investigación y el trabajo científico es siempre complicado, la gente de ciencia que sale del país para prepararse debe enfrentar todavía más complicaciones: el choque cultural, las dificultades de estudiar en otro idioma, el clima, la nostalgia familiar y alimentaria, y hasta casos de discriminación.

Andrea desea volver a México al terminar sus estudios. Sabe que tiene una gran responsabilidad. Ella trabaja largas jornadas al mismo tiempo que adapta su beca a los altísimos costos de vida en Noruega, se sobrepone a depresiones invernales, extraña las delicias gastronómicas mexicanas y el sol que calienta los ánimos caídos. Sueña y trabaja por un mejor país, aunque la realidad nacional no ofrezca demasiadas motivaciones a los jóvenes científicos en formación.

Redacción Culturbal con información de Elizabeth Miranda

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