Inolvidables

Por Erick Morales Romero

Transcurría el otoño del 67 y yo estudiaba el último semestre de la carrera; nunca me imaginé lo que iba a suceder por aquellos días. Dentro de mi itinerario cotidiano para llegar a la Facultad, recorría un pequeño parque lleno de árboles e inmensas áreas verdes. Era como respirar, literalmente, la belleza de la vida.

Recapitulo y me traslado a la primera semana de octubre. La lluvia no permitía hacer muchas actividades al aire libre. El clima provocaba la impresión de estar en alguna parte del norte de Europa en vez de estar en el sur de la Ciudad de México.

Caminaba tranquilamente por dicho lugar mientras repensaba en mi cabeza la teoría marxista, que por esa época estaba muy de moda. A lo lejos, una silueta desconocida se acercaba y poco a poco se volvía más nítida.

Pronto supe que era una mujer. Lo deduje por el cabello largo que flotaba y se movía al son del viento fresco de esa mañana. Quise mirar su rostro, mas no lo conseguí. La mirada de aquella joven apuntaba hacia el suelo, tal vez porque estaba muy resbaloso y tenía la precaución suficiente para no sufrir ningún percance.

Nos aproximábamos cada vez más. Era evidente que ella iba en dirección contraria a la mía y que pasaría en cualquier momento a mi vera. Comencé a sudar inevitablemente. Era como si en ese momento, ambos fuéramos las únicas personas sobre la tierra, o por lo menos eso sentí.

A un metro de distancia ella descubrió mi presencia. Su reacción inmediata fue levantar la cabeza. Sonrió. Nos miramos eternamente. Entonces sucedió… Me enamoré de sus ojos. Eran interminables y bellos. Contaban con la cualidad de ser profundos y encantadores a la vez; tenían un par de círculos cafés en el centro que se asemejaban al color de las almendras. Eso lo averigüé en tan solo un segundo, tiempo que duró el cruce de nuestras miradas.

La chica continuó con su camino. Yo me detuve. Quedé absorto, desconcertado, inmóvil. ¿Era posible que el amor entrara de esa manera a mi vida? Mi respiración se agitó como si acabara de recorrer los diez kilómetros de un maratón. Mis piernas temblaban, titubeaban, se deshacían. Y por primera vez, escuché los latidos de mi corazón; el mundo se había quedado sin sonido.

Minutos después pude reaccionar. Me percaté de que no recordaba nada más que sus ojos. ¿Cómo eran sus labios, sus orejas, su nariz, sus mejillas…? ¿De qué manera la reconocería? ¿La volvería a ver? Estas preguntas ocupaban mis pensamientos, pues Marx hacía varios minutos que había sido desalojado de ellos. Me resigné a los designios del destino y seguí con mi rumbo.

Tengo que confesar que a lo largo de varios días no dejé de pensar en ella, o más bien, en sus ojos. Caminaba distraído, como un autómata viviente; a veces no sé de qué manera andaba por ahí sin chocar con alguien o con algo. Un amigo me aconsejó que aprovechara nuestro próximo encuentro y que le pidiera su teléfono o algo por estilo. En realidad, no sabía si iba a tener una segunda oportunidad.

Ilustración: Monserrat Segura

Ilustración: Monserrat Segura

Pero, ¿qué decirle en caso de que la suerte me sonriera y nos encontráramos una vez más? Una tarea difícil, sin duda. Mi discurso debía ser categórico. No hallé palabras precisas. No sabía qué decir. No obstante, todas las mañanas, en la ruta del parque, la buscaba con la mirada, esperanzado.

Tuvieron que pasar tres semanas para volver a estar cerca de ella. Al principio no lo creía. No sé si los astros se alinearon o simplemente fue un capricho del destino, mas el milagro ocurrió.

Nos acercábamos lentamente. Su mirada apuntaba hacia el suelo. En esa ocasión sí la observé con detenimiento: no era delgada, pero tampoco gorda, digamos un término medio; su cabello era largo y totalmente oscuro; calculé que su estatura era un poco más baja que la mía; aunque lo que me interesaba era su rostro, y sus ojos, por supuesto

Entonces me di cuenta de que no sabía qué decirle. ¿Con qué pretexto interrumpir su camino? Pensé en sus ojos y busqué un adjetivo en su honor. Una tarea complicada, definitivamente. El adjetivo tenía la obligación de ser original y nada pretencioso. Estábamos a dos metros de distancia y el calificativo llegó.

Me detuve en seco. Esperé a que levantara su mirada. Sin embargo, ella no interrumpió su marcha. Creo que ni siquiera notó que pasé a su lado. Vi cómo se alejaba a cada paso. Y lo único que hice fue pronunciar en silencio las palabras que había pensado decirle: “tus ojos son…”

Nunca más la volví a ver. Siempre que la recuerdo me preguntó en qué habrá estado pensando aquella mañana. Y todavía me parece que sus ojos son…

Monserrat Segura

Monserrat Segura

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