Hamburguesas Satelucas: crónica de una visita impostergable

Por Erick Morales Romero

Foto: chilango.com

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El fin de semana pasado leía en El Universal una nota que explicaba que en la zona metropolitana de la ciudad de México se venden a diario más de tres millones de comidas corridas; sin embargo, este número no es nada comparado con el que no se registra y que es producto de la venta de alimentos en los puestos ambulantes y locales en vía pública.

Entonces recordé que un viejo amigo me había comentado sobre unas hamburguesas muy peculiares en Ciudad Satélite, y decidí sumarme a las estadísticas anteriores, además de ir a conocer el lugar que me recomendó: “La Cabaña de Fuentes”.

Eran las tres de la tarde, la hora de la comida para varios oficinistas que laboran cerca de la Avenida Fuentes. Cuando llegué al famoso puesto lo primero que llamó mi atención es ver cómo en un área de dos por tres metros se concentraban alrededor de 10 personas que prácticamente lo cubrían todo y que no dejaban ver nada de lo que ahí se estaba cocinando.

Al acercarme, lo suficiente para poder ver el menú, fue fácil observar la lista de toda la variedad de hamburguesas que ahí se pueden consumir: sencilla, doble, norteña, suiza, italiana, entre otras. Yo pedí la tradicional Hawaiana.

Lo primero que hizo Nacho, cocinero del lugar, fue poner la pieza de carne, que medía unos 15 por 15 centímetros, en el asador. Al hacer contacto con el calor, aquel pedazo de res de 200 gramos hacía un seductor “shss”, que poco a poco me despertaba la sensación de que pronto llegaría a su punto exacto.

La espátula del joven cocinero, que lleva trabajando 5 años en ese lugar, se metió por debajo del trozo de carne y la empujó rápidamente hacia arriba, para lograr que diera varias vueltas en el aire y que sorprendentemente cayera en el mismo lugar, como si no se hubiera movido nunca.

Pasaron cerca de cinco minutos. La carne emanaba un olor irresistible. Yo sentía que mis glándulas salivales producían litros y litros de saliva en mi boca. Para distraerme y no empezar a babear inevitablemente, dirigí la mirada hacia un letrero con una invitación interesante; en él, se exhortaba a los presentes a comerse dos “hamburguesas monstruo” –las más grandes del lugar y con un peso de medio kilo- y dos refrescos en menos de 30 minutos, obteniendo como premio que su consumo sea gratis.

Le pregunté a Nacho si ya habían podido con el reto, y me dijo que sólo dos personas, una en 29 y la otra en 28 minutos, respectivamente. De repente, mis ojos enfocaron otra vez la parrilla del asador porque dos piezas de pan hicieron su aparición junto al cuadro de carne, que ya tenía un color más oscuro, lo que indicaba que estaba lista.

Como un toque final, aquel hombre le agregó un puñito de queso Oaxaca, mismo que de forma casi inmediata se derritió. Puso el trozo de carne, con el queso en su espalda, sobre una rebanada redonda de pan -de 15 centímetros de diámetro y que se manda a hacer especialmente de ese tamaño en una panadería cercana- y después, colocó ese ensamble sobre una mesa que contenía los demás ingredientes.

Tomó un poco de lechuga con el fin de agregársela en la parte de encima, y me dijo en tono de broma que era “para balancear la hamburguesa”. Le siguieron los pedacitos de piña que son tradicionales de las “hawaianas”.

Aquello poco a poco se estaba convirtiendo en una torre más que en una hamburguesa. Nacho sacó de un recipiente dos círculos de jitomate y los colocó en la punta. Estaba por ponerle cebolla, pero lo detuve y le dije que no se la agregará porque después iba a ver a la novia y no quería llegar con un desagradable “tufo” que la hiciera llorar.

Sobre la otra rebanada de pan, que todavía estaba en la parrilla, añadió algo de mayonesa que untó teniendo cuidado de que cubriera toda la superficie, y luego agregó dos cuadros de queso amarillo, que de igual forma rápidamente se derritieron. Por último unió las dos partes y ya estaba lista la hamburguesa.

Fuente: chilango.com

Fuente: chilango.com

Fueron exactamente diez minutos de espera. El producto tenía 17 centímetros de diámetro y 12 de altura, por lo que le pedía Nacho que la partiera a la mitad para que no se deshiciera. Le pasó el cuchillo y pude ver las entrañas llena de carne y condimentos. Fue cuando me invadió una enorme desesperación por morderla, pero aún faltaba algo.

En frente de mí, una botella de cátsup y una de salsa esperaban ser utilizadas. Tomé la primera y la presioné delicadamente para que no sucediera un accidente, luego la segunda e hice lo mismo.

Todo el proceso de preparación me había dado más apetito. Para acompañar y con el fin de cuidar la línea, claro, pedí un refresco “light” y entonces sí abrí mi boca lo más que pude… y la mordí.

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